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martes, 13 de mayo de 2014

Por una democracia real


La desconfianza de la ciudadanía en las instituciones democráticas y sus representantes es creciente y con razones fundamentadas, lo que puede generar un desencuentro irreversible con la clase política profesional, que cada vez parece más alejada del pueblo y más identificada como gremio, como clase que construye un mundo a la medida de la coyuntura, de lo que ellos consideran posible, en lugar de gestionar la voluntad popular.

La democracia se convierte por tanto en un mero ejercicio de elección, por parte de los ciudadanos, de las personas que van a conducir la nave en una trayectoria previamente fijada, inalterable, fuera de la cual sólo aguarda el mar de los icebergs donde el naufragio es inevitable.


Asistimos a una degradación progresiva del sistema o, si se prefiere, a su abolición. De poco sirve la democracia como herramienta si no podemos decidir en qué mundo queremos vivir, si las cuestiones que afectan directamente a nuestras vidas no están en discusión, si no nos dejan intervenir en el modelo de sociedad que estamos construyendo para las generaciones venideras, para nuestros hijos.


La gran trampa urdida por los artífices de este modelo es hacernos creer que es el único viable, que todas las argucias que han montado para poseer la riqueza del planeta en exclusiva y sumir a los ciudadanos en la indefensión, el miedo, la inseguridad y la pobreza progresiva, argucias que se materializan en la creación de los paraísos fiscales, las herramientas para que las grandes empresas no tributen a la hacienda pública, la falta de control de los Estados en las maniobras especulativas y financieras bajo el paraguas de la libertad de mercado; que todo este entramado para dejar a la ciudadanía al margen de los beneficios que produce el desarrollo es el único marco posible.


Esa es la gran mentira, ese es el modelo que se configura como una amenaza permanente de los que nos imponen este patrón devastador e inalterable como único y que, paradójicamente, han sido elegidos por el pueblo de forma democrática. 


Existen otros mundos que no eran utópicos hace solo unos años. Un mundo, por ejemplo, en el que se definía “procurar el bienestar de los ciudadanos” como la primera obligación de los mandatarios. No se hablaba de satisfacer la voracidad de los mercados como primera meta, ni de la reducción del déficit a costa de la destrucción de la sociedad como una penitencia por el presunto despilfarro en el que en su día nos metieron porque esa era su vía del desarrollo, despilfarro del que ahora nos hacen responsables cuando nunca, jamás, nos han consultado acerca de las preferencias o prioridades de las inversiones que llevan a cabo con el dinero que recaudan del esfuerzo, del trabajo, del sudor, de las penalidades que sufren todos los días los ciudadanos.


Los propios secuestradores ejercen como intermediarios para que paguemos un rescate que ni siquiera nos libera, nos traslada a un zulo aún más incómodo y estrecho. 


Sus palabras evidencian lo perverso del juego en el que nos han metido y que pretenden seguir llamándolo democrático. Afirman sin rubor que si los autoproclamados neoliberales no son los receptores de los votos, los mercados financieros nos retirarán su confianza, subirá la prima de riesgo, y nos hundiremos en una ruina de proporciones imprevisibles de la que tal vez no nos recuperemos jamás.


El voto se ha convertido, por tanto, en una moneda, en un tributo, en la nueva ofrenda que aplaca la ira del dios mercado evitando que ese ser todopoderoso, inmisericorde y cruel nos condene a la pobreza eterna.


¿Podemos llamar democracia a un sistema cuyos principales representantes nos advierten de que el voto no es libre?


Las alternativas históricas que han llevado el arco de lo posible al bipartidismo no plantean medidas de choque frente a los abusos, frente el latrocinio al que se ha entregado la cúpula financiera. Esa cúpula que felicita al presidente del Gobierno por sus logros, que no son otros que incrementar sus privilegios y concederles la impunidad legal con la abolición de cualquier control que frene su insaciable voracidad, eliminando el “intervencionismo del Estado”. Ese “intervencionismo” está demonizado en nuestros días cuando se trata de la única tabla de salvación de la que disponemos, del escudo protector con el que nos deben cubrir nuestros gobernantes para evitar la usura, la explotación, el abuso, y la opresión que está conduciendo a nuestro pueblo a un nivel de pobreza desconocido, injusto e innecesario con el que pretenden sumirnos en un pozo en el que, como cantaba La Tribu, un grupo catalán de los años setenta, en referencia a una perrera de Martorell donde no daban de comer a los animales, nos acabemos devorando entre nosotros.


No, no es la figura del nuevo emprendedor, que no tiene como meta más que el modelo de los que nos están hundiendo en la miseria, la que nos sacará del pozo. Es el “nosotros”, la conciencia de lo colectivo, la que puede liberarnos de este secuestro. Gritemos: No.


Urge la creación de un Parlamento Ciudadano que traslade las exigencias del pueblo a los que administran nuestro dinero, para que dejen de entregárselo al que lo tiene todo y se pongan a trabajar para los ciudadanos a los que dicen representar. Hay que sentar las bases de la lucha por lo obvio, para que los gobernantes escuchen el clamor de un pueblo al que están llevando al abismo. Hay que terminar con la desfachatez de la autonomía que, según ellos, les otorga la legitimidad del resultado de las urnas, y que les proporciona el poder de legislar en contra de los intereses de la gente.


Por primera vez en la historia de la humanidad, salvo en periodos de grandes guerras, vamos a dejar un mundo peor que el que nos han entregado y sólo nosotros somos responsables. De nuevo, se impone un tiempo que creíamos superado. El de la lucha por la libertad, por la emancipación de ser humano, por los derechos elementales quemados en la hoguera de la coyuntura económica, por los derechos humanos cuya abolición ha sido orquestada por la casta financiera y ejecutada por los mandatarios que recogen sus deseos.


De nuevo se impone la lucha por lo evidente, que no es otra que la histórica lucha por el pan y la libertad. La eterna lucha contra sus enemigos.




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