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miércoles, 25 de diciembre de 2013

El tío Blesa

Es lógico que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid haya blindado los correos de Blesa al considerar que violan su intimidad. En efecto, más íntimos no podían ser. Blesa dirigía Caja Madrid como si fuese una mercería, un negocio familiar de ésos que se heredan y cuya contabilidad aún se lleva con la cuenta de la vieja. Una sobrina le escribía con cierta vergüenza (aunque se le pasaba en seguida): “Hola, tío Miguel, no tengo a quien acudir, por eso te pido que me ayudes. Estoy muy apurada y he intentado casi de todo para no molestarte”. No sé a ustedes, pero a mí ese “casi” en labios de la sobrina de un banquero, me da escalofríos.
 
Cuando dirigía Caja Madrid, el tío Blesa estaba lleno de sobrinos, le salían sobrinos por todos lados, igual que esos parientes gorrones que aparecen en cuanto te toca la lotería. Aznar quiso colocarle unos cuadros. Gallardón le pidió para un promotor amigo que se encontraba algo apurado, nada, trece millones de euros sin intereses. Urgentes, a poder ser.
 
Con la fundación privada ProRAE había una vieja relación de amistad y los financieros de Caja Madrid presionaron para que el tío Blesa les endosara una buena ración de preferentes.
 
Lo hicieron, eso sí, con el respeto debido a la Real Academia de la Lengua: “Presidente, disculpa que te moleste, pero requeriría tu auxilio comercial”. “Auxilio comercial” es todo un hallazgo léxico, hay que reconocerlo. Habría que darle al inventor un sillón de la Academia.
 
Lo que pasa es que, si se fijan bien, Blesa tiene cara de buena persona, uno de esos tíos enrollados, campechanos y generosos, al que, nada más entrar en casa, los sobrinos se le cuelgan de los bolsillos del abrigo, se los vacían de calderilla y luego le dan la tabarra con los aguinaldos. Blesa en Caja Madrid era el padrino de La gran familia, un José Luis López Vázquez dueño de una pastelería al borde de la quiebra por la ingente cantidad de ahijados que brotaban hasta de debajo de los muebles. Demasiados ahijados y todos criados en Génova: una familia feliz y numerosa como Dios manda. “Ya está aquí el padrino” cantaba el gran López Vázquez masturbando una zambomba, prefigurando a Blesa con el negocio de las preferentes. Lo que pasa es que, con tanto ahijado glotón y y con tanto sobrino hambriento, la pastelería casi se va a la mierda y hubo que remozarla, darle una buena capa de pintura, cambiarle el nombre por el de Pasteles Bankia, que suena más moderno, mucho menos casposo que ese término tan zafio y tan poco elegante: caja. Caja registradora, caja de ahorros, caja de zapatos.
 
Parece mentira que en España todavía queden jueces (Silva, Castro, Garzón) empeñados en arruinar el final feliz de la película y quebrar el orden natural de las cosas.
 
Uno obcecado en pedir responsabilidades a un banquero, otro en imputar a una infanta, el tercero empapelado por unas escuchas ilegales que enturbiaron su empeño en remover tierra de las cunetas.
 
Menos mal que a otros jueces les gusta el cine familiar y no van a permitir ese ramalazo de angustia del tío Blesa transfigurado en Pepe Isbert y gritando: “¡Chencho, Chencho!” en plena Nochebuena.
 

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