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sábado, 22 de diciembre de 2012

También yo quiero ser antisistema, señor González


Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón
Me dejó algo estupefacto el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, cuando en la Asamblea de Madrid tachó de “antisistema” al líder de la oposición socialista, Tomás Gómez, al haber apoyado la protesta contra el plan sanitario privatizador del Gobierno madrileño.
Pensé, por ejemplo, en el sistema de pesos y medidas, el sistema solar, el sistema métrico decimal o el sistema nervioso, y me pareció evidente que un sistema implica que sus elementos estén relacionados y estructurados entre sí según un determinado orden y en vistas de un determinado objetivo común. A continuación, pensé en el presunto sistema al que se estaba refiriendo Ignacio González, y concluí que yo mismo debía declararme antisistema.
El sistema actualmente existente en España, Europa y el mundo parece un rodillo gigantesco e imparable que tritura a la gente de abajo para que la minoría dominante del sistema cada vez se enriquezca más y viva mejor. Ese sistema, neoliberal y neocon, tiene sus componentes perfectamente estructurados para que todo funcione según lo previsto y así se obtengan los mayores beneficios posibles. Para ello, solo es preciso que la mayoría viva cada vez peor y tenga menos recursos, salvo que la minoría haya decidido, táctica y provisionalmente, otra cosa en un determinado sector de la población.
Una cadena televisiva española emite el programa “Perdidos en la ciudad”, donde unos cuantos miembros de dos tribus anteriormente visitadas por españoles (ecuatoriana y etíope) pasan una temporada en España. En uno de los episodios, dos mujeres etíopes pasean por Sevilla y parecen encantadas con todo lo que ven y experimentan, hasta que descubren a una mujer madura, sentada en la calle, junto a un colchón mugriento, unos cartones y unos cuantos enseres desvencijados más. Una de las mujeres etíopes, al verla, se detiene en seco y pregunta qué hace y porqué está allí aquella mujer. Cuando le explican que no tiene casa y que vive en la miseria y a la intemperie, exclama a gritos que no puede entender cómo sus anfitriones tienen de todo y en las tiendas de la ciudad hay tal abundancia de comida y de cosas, cuando aquella mujer está viviendo en condiciones tan penosas. “En mi tribu, los Suri, eso no podría ocurrir nunca. No lo permitiríamos”, dice, “nosotros lo compartimos todo por igual”. ¿Aquella mujer etíope, señor González, es también antisistema?
Sin embargo, al sistema todo eso le tiene sin cuidado, pues considera a los Suri unos simples subdesarrollados, unos ignorantes y unos muertos de hambre. Al sistema le interesa únicamente que los engranajes encajen y la máquina esté en funcionamiento. Si con ello se consigue trescientos mil desahucios en unos pocos años o que cada cinco segundos muera diariamente de hambre y malnutrición en el mundo un niño menor de diez años lo considerará daños colaterales e instará a la masa consumidora a apadrinar a un niño, dar dinero a alguna ONG o colaborar en algún mercadillo de ropa o de juguetes usados. Y es que al sistema le interesa que sus componentes o no piensen o dispongan de los mecanismos adecuados para limpiar su conciencia. Al sistema le preocupa sobre todo que cada pieza esté en su sitio y que cada movimiento se ejecute según órdenes y a la hora prefijada. C’est tout…
Al sistema educativo, pongamos por caso, como a cualquier otro sistema que se precie de serlo, le importa un comino que la gente piense, más aún, estima que es mucho mejor que apenas piense. El sistema educativo forma parte de un sistema global que consideraría una peligrosa amenaza que las personas pensasen y actuasen por su cuenta y poseyeran un criterio propio para analizar y encarar el mundo y la vida.
Por eso, señor Ignacio González, permítame decirle que yo también quiero ser antisistema, mientras esto sea el bodrio y la mentira que usted y sus colegas están montando y manteniendo.

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