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"Le preguntaron a Mahatma Gandhi cuáles eran los factores que destruyen al ser humano y respondió así: "La política sin principios. El placer sin compromiso. La riqueza sin trabajo. La sabiduría sin carácter. Los negocios sin moral. La ciencia sin humanidad"

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martes, 11 de diciembre de 2012

Nuestros nuevos amos

A los españoles nos destrozaron la vida reyes, aristócratas, curas 
y generales. Bajo su dominio discurrimos dando bandazos, de miseria en
miseria y de navajazo en navajazo, a causa de la incultura y la brutalidad 
que impusieron unos y otros. 

Para ellos sólo fuimos carne de cañón, rebaño listo para el 
matadero o el paredón según las necesidadesde cada momento. 
Situación a la que en absoluto fuimos ajenos, pues aquí nunca hubo 
inocentes. Nuestros reyes, nuestros curas y nuestros generales eran de la 
misma madre que nos parió. Españoles, a fin de cuentas, con corona,
sotana o espada. Y todos, incluso los peores, murieron en la cama. 
Cada pueblo merece la historia y los gobernantes que tiene. 

Ciertas cosas no han cambiado. Pasó el tiempo en que los reyes nos
esquilmaban, los curas regían la vida familiar y social, y los generales nos
hacían marcar el paso. Ahora vivimos en democracia. Pero sigue siendo
el nuestro un esperpento fiel a las tradiciones. 

Contaminada de nosotros mismos, la democracia española es
incompleta y sectaria. Ignora el respeto por el adversario; la
incultura, la ruindad insolidaria, la demagogia y la estupidez 
envenenan cuanto de noble hay en la vieja palabra.

Seguimos siendo tan fieles a lo que somos, que a falta de reyes que nos
desgobiernen, de curas que nos quemen o rijan nuestra vida, de
generales que prohíban libros y nos fusilen al amanecer, hemos 
sabido dotarnos de una nueva casta que, acomodándola al tiempo en
que vivimos, mantiene viva la vieja costumbre de chuparnos la 
sangre.

Nos muerden los mismos perros infames, aunque con distintos nombres 
collares. Si antes eran otros quienes fabricaban a su medida 
una España donde medrar y gobernar, hoy es la clase política 
la que ha ido organizándose el cortijo, transformándolo a su 
imagen y semejanza, según sus necesidades, sus ambiciones, 
sus bellacos pasteleos

Ésa es la nueva aristocracia española, encantada, además, de haberse
conocido. No hay más que verlos con sus corbatas fosforito y su sonriente
desvergüenza a mano derecha, con su inane gravedad de tontos solemnes
a mano izquierda, con su ruin y bajuno descaro los nacionalistas, con su
alelado vaivén mercenario los demás, siempre a ver cómo ponen la
 mano y lo que cae. Sin rubor y sin tasa. 

En España, la de político debe de ser una de las escasas 
profesiones para la que no hace falta tener el bachillerato. 
Se pone de manifiesto en el continuo rizar el rizo, legislatura tras 
legislatura, de la mala educación, la ausencia de maneras y el 
desconocimiento de los principios elementales de la gramática, 
la sintaxis, los ciudadanos y ciudadanas, el lenguaje sexista no 
sexista, la memoria histórica, la economía, el derecho, la ciencia, 
la diplomacia. Y encima de cantamañas, chulos. 

Osan pedir cuentas a la Justicia, a la Real Academia Española
la de la Historia, a cualquier institución sabia, respetable 
necesaria, por no plegarse a sus oportunismos, enjuagues 
demagogias

Vivimos en pleno disparate. Cualquier paleto mierdecilla, cualquier leguleyo 
marrullero, son capaces de llevárselo todo por delante por un voto o una 
legislatura. Saben que nadie pide cuentas. 

Se atreven a todo porque todo lo ignoran, porque le han cogido 
el tranquillo a la impunidad en este país miserable, cobarde, 
que nada exige a sus políticos pues nada se exige a sí mismo. 

Nos han tomado perfectas las medidas, porque la incultura, la cobardía y 
la estupidez no están reñidas con la astucia. 
Hay imbéciles analfabetos con disposición natural a medrar 
sobrevivir, para quienes esta torpe acomplejada España es el paraíso.

Y así, tras la añada de políticos admirables que tanta esperanza 
nos dieron, ha tomado el relevo esta generación de trileros 
profesionales que no vivieron el franquismo, la clandestinidad ni la 
Transición, mediocres funcionarios de partido que tampoco han 
trabajado en su vida, ni tienen intención de hacerloGente sin el 
menor vínculo con el mundo real que hay más allá de las siglas 
que los cobijan, autistas profesionales que sólo frecuentan a 
compadres cómplices, nutriéndose de ellos y entre ellos. 

Salvo algunas escasas dignísimas excepciones, la democracia 
española está infestada de una gentuza que en otros países 
circunstancias jamás habría puesto sus sucias manos en el
manejo de presupuestos o en la redacción de un estatuto. 

Pero ahí están ellos: oportunistas aupados por el negocio del
pelotazo autonómico, poceros de la política. 
Los nuevos amos de España. 

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