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lunes, 5 de noviembre de 2012

Nos hemos acostumbrado


Cuando has estado enfermo y vuelves a trabajar, te conviertes en más comprensivo e indulgente con la situación de horror en la que convivimos. Nos hemos acostumbrado al horror político, social y económico y lo vemos con cierta naturalidad y aceptación.
Ya no nos parece un horror que arteramente se privatice la sanidad, y nos dejamos engañar creyendo que será más eficaz y obviando que se trata de un negocio privado y amoral que conceden unos políticos horrendos. La sanidad, la espina dorsal de un país.
Nos hemos acostumbrado a que no nos parezca un horror que también nos digan que no nos suben los impuestos, pero sí las tasas, en algunas comunidades 66 tasas, como si no repercutieran decisivamente en nuestras economías, es decir, como si no fueran impuestos.
Nos hemos acostumbrado a que cientos de miles de españoles no puedan encender la calefacción, sin que hasta el momento se conozca un solo político que tampoco la pueda encender porque no le llega el dinero.
Nos hemos acostumbrado a aceptar que no habrá responsabilidad alguna ni de la alcaldesa Botella ni del ex alcalde Gallardón por las muertes del pabellón municipal Madrid Arena aunque ya sea conocido el grave incumplimiento de la ley en materia de seguridad.
Nos hemos acostumbrado a que las independencias territoriales sean envenenados juegos florales con ocultos puñales florentinos, sin saber si al final como truco y reivindicación todo se reducirá a mejoras económicas.
Nos hemos acostumbrado a que se acometan cuantos desmanes se les ocurran a los responsables oficiales de la mala justicia, tales como declarar la ¡responsabilidad penal! de personas jurídicas, ya sean sindicatos o partidos políticos, pero a nadie se le ocurre la solución mágica y lógica de que las faltas, ‘delitos mínimos’ tipificados en el Código (peleas sin lesiones, hurtos ridículos, insultos, etcétera), sean resueltas en sanciones administrativas, liberando así a jueces y tribunales del 50% de su carga de trabajo y consiguiente e insoportable retraso en la administración de justicia. Parece que el PP trabaja en ello.
Vivimos en el horror de no entender por qué tiene que haber bancos malos ni qué son ni para que servirán.
Seguimos viviendo en el horror de Sor María.
En el horror de que la capacidad adquisitiva de los viejos sea superior a la de los jóvenes.
Que siga habiendo y vaya a seguir habiendo cientos de candidatos imputados, en vez de limpiar el nombre de la política.
Nos hemos acostumbrado al horror de los antidisturbios brutales e inmunes, ahora que además sabemos que en el austero presupuesto del año próximo el gasto en material antidisturbios aumentará un 1.780% (¡mil setecientos ochenta por ciento más!)
En el horror de que los gerifaltes del PP y del PSOE se cojan la legalidad con papel de fumar para cambiar la Ley Hipotecaria y cortar de cuajo los desahucios.
Seguimos creyendo que el Presidente del Gobierno pedirá el rescate cuando lo estime oportuno, y no cuando se lo ordene Angela Merkel.
Seguimos en el horror de que ya solo sea posible hacer horrores en una huida infinita, que ya no siquiera es sadismo.
Hacer lo que no se debe y no hacer lo que se debe. Las urnas dijeron. Aunque ahora millones de personas estén arrepentidas. ¿O no?
Vivimos en el horror de no ser nobles en nada. En el horror de la delación, de la ingratitud, en el horror de la insolidaridad más descarnada, en el horror y la mentira perpetua, el horror de la indiferencia ante el débil, el horror de creernos buenos y justos, el horror de la violencia fomentada, de la miseria moral y mental. En el horror de la revolución imposible.
Y sin embargo aquí estamos, aquí están ustedes, los que no se han sometido al deshonor de rendirse al horror de la resignación impuesta.

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