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sábado, 16 de junio de 2012

El fin de la Primavera Árabe

Un año y medio después de que el vendedor tunecino Mohamed Bouazizi se prendiera fuego y desencadenara así la primavera árabe, el cambio democrático en Oriente Medio y el norte de África se ha estancado de forma dramática.


Un manifestante sobrepasado por el gas de la policía 20 de Noviembre de 2011, 
El Cairo 

Hace dos semanas, el sistema judicial egipcio condenó a Hosni Mubarak y a su antiguo ministro de Interior Habib al Adly a cadena perpetua. El pasado enero, durante los peligrosos días en los que francotiradores de la policía asesinaban a manifestantes en el centro del Cairo mientras matones profesionales torturaban de manera brutal a cientos de opositores a Mubarak, semejante noticia habría sido recibida casi como un milagro. Pero a día de hoy, justo dieciséis meses después de que Omar Suleiman, el deus ex machina del golpe militar egipcio, se dirigiera a su pueblo y les comunicara que el último faraón dejaba el poder, los manifestantes son muy conscientes de que les han robado su revolución. La decisión había sido tomada durante los primeros días del levantamiento. Todo lo que sucedió a continuación no fue más que una sucesión de hechos mecánicos. Ahora está claro que, en todo caso, el Ejército utilizó la revolución para aferrarse a poder. Los jóvenes manifestantes, la ‘generación digital’ que se atrevió a jugarse la vida en las calles analógicas, estaba siendo derrotada en las urnas por la mayoría silenciosa. Rápidamente Egipto se vio dividido en dos bloques completamente antidemocráticos que son mucho más compatibles de lo que pueden parecer a primera vista.  El botín de la revolución fue usurpado por los codiciosos generales y los predicadores islámicos con una ambición que lo consumió todo. El país –y su destino- cayeron prisioneros del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF) y de los Hermanos Musulmanes, las dos estructuras de poder posicionadas para construir la jerarquía oficial de poder del país en las semanas tras la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.
En más de un sentido, cuando Egipto se deshizo de su dictador sólo consiguió reforzar la dictadura –irónicamente, casi siempre a través de procedimientos democráticos–. Para verificar este hecho, sólo hay que recordar la absolución oficial de los hijos de Mubarak y de otras muchas figuras prominentes de la antigua jerarquía de Seguridad del país.
Un niño mira a los soldados egipcios vigilando una barricada que dividía 
la Plaza de Tahrir y el Ministerio del Interior en El Cairo el 24 de noviembre de 2011 (AP)
En comparación, el presidente sirio Bashar al Assad ni siquiera necesitó llevar a cabo una pantomima como esa. Para poner a sus oponentes en su sitio, envió tanques, artillería pesada y unidades paramilitares alauíes lideradas por su hermano Maher a combatirlos. Al hacer gala de semejante sed de sangre seguía el modelo de su padre Hafeez. Assad hijo sabía de antemano que la llamada comunidad internacional no podría ni querría entrometerse en sus planes. Como siempre, los observadores de la ONU están ahí observando tímidamente cómo un régimen siniestro masacra en masa a su propia población. Assad empujó a su país al borde de la guerra civil. Después pintó hábilmente el conflicto entre el pueblo y su gobierno cómo una ‘lucha sectaria’ con ciertos matices balcánicos e iraquíes. El conflicto se está extendiendo ahora al Líbano, el estado más combustible de la región. También en Siria se dejó sin voz a los manifestantes jóvenes y con estudios que comenzaron la insurrección. Muchos de ellos también perdieron la cabeza o las extremidades.
El 19 de junio Libia debía llevar a cabo la primera elección parlamentaria de toda su Historia. Pero no va a ocurrir. El Consejo Nacional de Transición (NTC), el órgano oficial que reemplazó a Moammer Gadafi, asegura que se ha visto obligado a posponer la elección unas semanas. Las razones citadas fueron el caos absoluto, la falta de seguridad y problemas logísticos. A día de hoy, ocho meses después del linchamiento público del coronel que convirtió el país en su patio de recreo particular, Libia es un estado fallido. Es cierto que los bombarderos de la OTAN jugaron un papel crucial en la derrota del carnicero. Pero cuando el régimen cayó, los extranjeros sólo se preocuparon por los pozos petrolíferos y no tuvieron ningún problema en dejar la política y la seguridad en manos de unidades paramilitares. Dado que aún queda botín de guerra por repartir, y que en muchas cabezas sigue resonando el eco de la victoria, no parece probable que las unidades paramilitares vayan a dejar las armas en un futuro próximo. Los desiertos están llenos de cárceles secretas donde se llevan a cabo torturas y ejecuciones. El conflicto libio también se está extendiendo hacia el sur, hacia el Sahel. Igual que en Egipto y en Siria, los verdaderos héroes de la insurrección libia han sido olvidados, o están muertos.

De Bahrein –donde las autoridades reprimieron sangrientamente la rebelión de la mayoría chií con la bendición silenciosa de EEUU- no sale prácticamente ninguna información. Yemen se ha convertido en un parque de atracciones de la guerra antiterrorista. Israel continua lanzando amenazas a Irán, que sigue desarrollando su propia capacidad nuclear. Al final los que más beneficiados han salido de la Primavera Árabe, puesta en marcha por los sueños de las generaciones jóvenes cuyo futuro había sido robado por la tiranía de hombres viejos y malvados, han sido Qatar y Arabia Saudí. Estos dos países son los ganadores indiscutibles de la guerra fría de Oriente Medio. La ironía no podría ser mayor. Ni más dolorosa.


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